miércoles, 2 de junio de 2021

EL PODER CORROMPE, EL POLÍTICO TIENE PODER, LUEGO ES CORRUPTO

 


Todos están de acuerdo cuando se trata de asignarse sueldos, pensiones, pluses, regalos..., y cargos y puestos para colegas

Es una certeza matemática: el poder corrompe. El político tiene poder. Luego el político es corrupto por definición. Tan cierto como que dos y dos son cuatro. Pero lo peor no es la corrupción clásica y perseguida por la ley, la de trincar dineros, sino la corrupción con cobertura legislativa, que es la más abundante y la más costosa para el paganini  

Grandes escándalos se producen en todos los países del mundo cuando se descubren los tejemanejes de los políticos para allegarse dinero, actividad que llevan practicando desde que existe la figura del político y que, como es lógico, se puede presentar de infinitas formas. Pero hay otra manera de exprimir al contribuyente sin que se entere, sin que le duelan las continuas clavadas, y es la confección de leyes que benefician a quienes las promulgan, disposiciones que les permiten llevarse por aquí y por allá sin caer en el delito, aunque cayendo hasta el fondo en la más soez inmoralidad. Lo sorprendente es que el político que declara sesenta, ochenta, cien mil al año (más los pluses, regalos y gastos varios) no tiene conciencia de hacer nada moralmente reprochable, al contrario, está convencido de que está mal pagado…, a pesar de que gana el triple o el cuádruple de los que escotan para hacer frente a sus abultados ingresos. Es la corrupción aceptada, legalizada.  

El gasto anual en sueldos de los veintitantos ministros con su legión de asesores, consejeros, ayudantes, secretarios…, de los políticos nacionales, regionales, provinciales y locales, de los altos cargos, así como los miles de puestos de toda clase, regalados a dedo por los propios políticos, supera los 25.000 millones de euros. Es decir, se gastan en sí mismos todo eso. Pero hay algo peor en este asunto, y es la ingente cantidad de nombramientos de amiguetes, familiares, colegas del partido y enchufados de toda especie, a los que se elige no en función de su valía, conocimiento, dedicación, capacidad de trabajo u honradez, nada de eso, sino que se escoge al más servil, al que es más fiel al partido en cualquier circunstancia, es decir, al más fanatizado y dispuesto a cualquier cosa en beneficio del partido y sus líderes. Esto de llenar de paniaguados todos los organismos oficiales, empresas públicas, consejos de administración e instituciones varias es absolutamente inmoral aunque esté permitido por la ley, por la ley que ellos hicieron en su propio beneficio.

Se ha sabido que en el año 2020, el del confinamiento, los señores del Congreso se gastaron 800.000 euros en kilometraje y taxis…, y eso que no se debía salir de casa más que para lo más imprescindible. Y se pueden añadir los gastos que no tienen obligación de justificar, ni los regalos que reciben a costa del contribuyente, ni los beneficios, prebendas y extras por infinitos conceptos que, siempre, suponen pasta. Disponen del dinero público para gratificar y dar premios y bonificaciones a subordinados y machacas que les sirven con fidelidad canina; y es que con pasta ajena se es muy magnánimo.

Todo trabajador tiene que haber cotizado a la Seguridad Social durante treinta años para cobrar su pensión, mientras que los diputados, senadores, ministros, presidentes y otros que ocupan puestos de poder, sólo tienen que cotizar ocho años para cobrar la máxima pensión; incluso menos: el que fuera presidente de Castilla y León durante ocho meses (¡ocho meses!), José Constantino Landa, cobrará toda su vida ochenta mil del ala cada año. ¿Es esto moralmente aceptable o es pura y simple corrupción aceptada por la ley?

Pero no hay que pensar que esto sólo pasa aquí. No, los políticos son idéntica especie con idénticos comportamientos, apetitos e intenciones en cualquier hábitat del planeta. Y se mueven por idénticos impulsos y objetivos los de todos los países, los de todas las ideologías, los de todos los partidos. No se puede ser político si no se es corruto y embustero. No hay político bueno, pues un buen político es el que miente muy bien, el que tergiversa, manipula, trinca, enfrenta y siembra cizaña muy bien. Alguien dirá que no es correcto generalizar, pero hay veces que es oportuno; por ejemplo si se dice que todos los violadores son unos criminales asquerosos.

Es increíble que los políticos se suelan referir a sí mismos como servidores públicos. Debe ser el único caso existente en que el servidor gana muchísimo más que el patrón. En fin, la única solución es prohibir la figura del político y sustituirla por el ciudadano metido temporalmente a labores políticas.

CARLOS DEL RIEGO

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