miércoles, 25 de marzo de 2020

JUEGOS OLÍMPICOS PERDIDOS, CAMPEONES PERDIDOS

La guerra arrebató la gloria olímpica y la vida al mediofondista alemán Rudolf Harbig
Fue la política la que privó a Joaquín Blume del oro en Melbourne 1956. La perfección de su 'cristo' aun sorprende (foto de su triunfo en el Europeo de 1957)
El nadador húngaro Fernc Csik se perdió los juegos por la guerra y en ella perdió la vida


El Comité Olímpico Internacional ha pospuesto un año, al menos, los Juegos de la XXXII Olimpiada. Es la primera vez que esto sucede, pero no la primera vez que las circunstancias internacionales se imponen a su prevista celebración. Los Juegos de 1916, los de 1940 y los de 1944 no se celebraron a causa de las guerras mundiales, quedando así excluidos de la cita y la gloria olímpica no pocos deportistas. Es oportuno revisar las citas perdidas y recordar a los campeones que no lo fueron
La política, convertida en algo indeseable y traidor por quienes la ejercen de modo vitalicio, había sido hasta ahora la principal causante de las grandes calamidades que han afectado a los Juegos Olímpicos (sin olvidar el doping). La actual pandemia ha provocado el aplazamiento de los Juegos de 2020, que se prevé celebrar en 2021 (aunque ¡quién sabe qué puede pasar!), lo cual perjudicará a muchos deportistas, tal vez a todos. En la historia están ya Juegos y atletas perdidos.
 Al estallar la I Guerra Mundial en 1914 se supo de inmediato que los Juegos de Berlín 1916 no tendrían lugar; la numeración se mantendría, es decir, esa cita contaría como la sexta aunque no se celebrara (los de Amberes 1920 fueron los séptimos). Lo curioso es que los dirigentes alemanes no se resignaron e incluso tenían listo el estadio (el Deutsches Stadion, construido en donde estaba el hipódromo ‘Grünewald’), y como el COI no tenía sede fija sino que se instalaba en la ciudad que acogía, el Barón de Coubertain, restaurador de los juegos de la era moderna y presidente del COI, tenía que quedarse en Berlín muy a su pesar. Así que ideó una estratagema para poder salir de allí: acordó con los otros miembros señalar una sede fija del COI en una ciudad de un país neutral, Lausana, Suiza, de donde el comité olímpico no se ha movido desde el 10 de abril de 1915. También se puede recordar que Coubertain, tan dado a los gestos y símbolos, se alistó en el ejército francés y, a pesar de que fue destinado a retaguardia, dimitió momentáneamente de su cargo: “Un soldado no puede presidir nuestro comité”, dijo. Al terminar la guerra hubo que buscar sede, pues Berlín quedaba descartada al representar al bando perdedor y causante de la contienda.
Los Juegos de 1940 estaban adjudicados a Tokio, pero en 1938 los nipones renunciaron oficialmente a causa de lo que venía; Helsinki alzó la mano para acogerlos, aunque se vio obligada a desistir tras la invasión soviética de Finlandia a finales de 1939. Inmediatamente se vio que 1940 no sería el año de los juegos de la XII Olimpiada, por lo que ésta se dio por perdida y, con un espíritu muy optimista, se pensó que en cuatro años todo habría acabado, así que se señaló Londres 1944 como sede de los juegos de XIII Olimpiada. Al comprender el COI que ese año la guerra seguiría, dio por perdidos esos juegos y confió en los de 1948, manteniendo Londres como sede.
En definitiva, los Juegos de la sexta, la decimosegunda y la decimotercera Olimpiada no se celebraron, se perdieron. Pero además de tan irreparable daño, muchos atletas de todo el mundo perdieron su oportunidad olímpica, algunos de ellos destinados a colgarse el oro. Aquellas cancelaciones olímpicas borraron de los pódiums a atletas fabulosos que es de justicia recordar.
El alemán Rudolf Harbig tenía una cita con la historia del deporte, pero se convirtió en uno de los grandes atletas a los que la II Guerra Mundial dejó sin Juegos Olímpicos (en realidad había participado en el relevo 4x400 en Berlín 36). Tenía los récords mundiales de 400, 800 y 1.000 metros en 1939, y aun hoy está considerado como uno de los mejores mediofondistas de la historia,  destacando su tiempo en 800 metros (1’46’’ 6), que permaneció como tope mundial hasta 1955. Destinado a ser olímpico y casi seguro campeón en los juegos de 1940 y 44, el destino le arrebató esas medallas. El 5 de marzo de 1944 (año olímpico sin juegos), Rudolf Harbig perdía la vida en el frente ruso, concretamente en Ucrania. Su fortaleza de carácter e indomable competitividad (sus mejores registros siempre fueron en alta competición), su inquebrantable fuerza de voluntad (nada de alcohol, té o café, dieta, durísimos e intensísimos entrenamientos)..., la guerra robó todo ello a los Juegos .
Merece un recuerdo el nadador húngaro Ferenc Csik, también víctima de la guerra, aunque al menos tuvo ocasión de ganar un oro olímpico, insuficiente botín para un deportista de su categoría. Csik había ganado los 100 metros libres en Berlín 1936, pero su clase auguraba muchas más medallas. Sin embargo, no sólo se perdió los juegos del 40 y el 44, sino que también perdió la vida en la guerra. Ferenc Csik murió en la ciudad húngara de Sopron durante un ataque aéreo en 1945 mientras estaba en su puesto: era médico y prefirió quedarse atendiendo a sus pacientes a pesar del aviso de bombardeo, pudo huir al refugio, pero su sentido del deber se lo impidió.
La guerra es la política con otros medios, afirma el dicho. Fue la política la que privó de acceder al podio olímpico al gran gimnasta barcelonés Joaquín Blume. La España franquista renunció a acudir a los Juegos de Melbourne 1956 en protesta por la invasión soviética de Hungría, con lo que el gimnasta español perdió su ocasión olímpica; el año siguiente ganó el Campeonato de Europa por delante de Yuri Titov, que había vencido en los Juegos de Melbourne 56, es decir, Blume hubiera disputado el oro con muchas posibilidades de éxito en esos juegos. Para Roma 1960 era uno de los grandes favoritos, pero en 1959 pereció en un accidente de avión. Fue otro campeón perdido.  
Coubertain fue sustituido al frente del COI en 1925 por el belga Henri Baillet-Latour, que también se perdió los Juegos de 1940; murió de un ataque al corazón en 1942, aunque se asegura que su corazón se había parado cuatro meses antes, cuando su único hijo se estrelló en un avión en acción de guerra contra los alemanes.  
En esos dos parones se malograron muchos olímpicos y se truncaron muchas ilusiones; también ocurrió con los boicots de 1980 y 1984 y con los atletas muertos en Munich 72. Ojalá lo que afecte a los Juegos de la XXXII Olimpiada sea sólo un aplazamiento y el olimpismo no pierda más atletas.
CARLOS DEL RIEGO

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