miércoles, 9 de enero de 2019

EL PERRO QUE ESPERÓ UN AÑO Y OTRAS PEQUEÑAS HISTORIAS DE LA EXPLORACIÓN ESPAÑOLA DEL MUNDO Varias e importantes efemérides relacionadas con la exploración y descubrimiento de tierras de todo el planeta tendrán lugar en el presente año 2019, como el inicio de la expedición que por primera vez circunnavegó el mundo o la llegada de Cortés a tierras mexicanas. Sin embargo, junto a los grandes y trascendentales sucesos de esta increíble epopeya, también se sucedieron pequeñas historias, anécdotas cercanas y detalles curiosos

Además de los hechos trascendentales, en la exploración del mundo hubo mucha pequeñas historias.


Las aventuras que protagonizaron los exploradores españoles por todo el mundo a lo largo de (sobre todo) los siglos XVI al XVIII sirvieron, entre otras cosas, para demostrar empíricamente cómo es la Tierra y cómo están dispuestas las tierras y mares que la conforman. En el presente año 2019 se van a celebrar los quinientos años de algunos de aquellos episodios. Momento oportuno para recordar pequeños incidentes, situaciones divertidas y circunstancias chocantes de aquellos inciertos y peligrosos viajes.

Mucho han hablado los cronistas de Indias sobre el perro que perdió una expedición española durante una exploración y que esperó un año a que volvieran los barcos. El can era un lebrel (una ‘lebrela’ dicen los testigos e historiadores) que desembarcó en una isla junto a los exploradores. Unos autores dicen que el hecho se produjo durante la expedición de Hernández de Córdoba (1517) y otros que el perro iba con la de Grijalva (1518). El caso es que, nada más poner pata a tierra, el lebrel salió disparado hacia el interior de la isla, donde abundaba la caza menor. Llegado el momento de partir, el barco no esperó al can, ya fuera porque tardaba o porque la marea era propicia o, simplemente, porque nadie reparó en que el animal no estaba; en todo caso, se quedó en tierra. En 1519 un navío de la flota de Cortés se apartó y se vio obligado a protegerse en esa isla. Cuentan los cronistas (incluido el propio Hernán Cortés), que desde el mar vieron a la perra que, al borde del agua, saltaba, agitaba la cola enloquecida, ladraba sin parar y mostraba gran contento al ver el barco. Al bajar a tierra, la ‘lebrela’, que estaba “gorda y lucida”, se les ponía de pie y les hacía mil carantoñas y, por supuesto, no se separó de ellos y con ellos embarcó. Había estado uno, quizá dos años esperando a que volvieran a recogerla y, seguro, se habría pasado horas y horas en la playa oteando el mar esperando ver un barco. La anécdota la narran muchos autores (incluso siglos después), unos con más adorno y otros más escuetamente, pero nadie señala cómo se llamaba aquella fiel ‘lebrela’ que esperó y esperó hasta que volvieron por ella. Es la ‘lebrela de Términos’.

De los indios se han contado también, más allá de batallas y sucesos de gran trascendencia, infinidad de curiosidades que llamaron la atención de quienes las presenciaron. Por ejemplo, les sorprendió cómo los indígenas comprendieron pronto la importancia de los documentos escritos. Cuenta Bernal Díaz del Castillo (en su Verdadera Historia…, capítulo 141) cómo habitantes de pueblos sometidos por los aztecas pidieron a Cortés que los protegiera contra éstos; el conquistador se lo prometió, pero no contentos con ello, le rogaron que les diera cartas que acreditaran la alianza para mostrárselas a los mexicanos. Lógicamente no sabían leer ni, por tanto, entendían lo escrito en los papeles, pero al ver que entre los españoles se tenían muy en cuenta los documentos escritos, ellos los pidieron para enseñarlos a los pueblos vecinos, ya fueran amigos o enemigos; y se sabe que, al verlas, muchos se pusieron de su parte para luchar contra los aztecas. Por otro lado, cuando tras una batalla los españoles se curaban las heridas, un tal Juan Catalán iba de herido en herido santiguando y ensalmando cada herida, cada tajo, de modo que al verlo, los aliados tlaxcaltecas se pusieron en cola para que Catalán les santiguara y bendijera sus heridas, “y eran tantos que en todo el día tenía harto que curar” (Bernal, capítulo 151).

Después de la costumbre de sacrificar y de comerse a los vencidos, una de las prácticas que más sorprendió y horrorizó a los primeros europeos en América fue la práctica de la sodomía, muy común y extendida. En el capítulo 159 de dicha obra se refiere a los habitantes del Pánuco: “… no hay gente más sucia y mala en toda La Nueva España (…) todos eran sométicos y se embudaban por partes traseras”. El que fuera explorador y luego gobernador Nuño de Guzmán (uno de los más crueles, sanguinarios, codiciosos y perversos conquistadores) contó, y así lo reproduce Bernal (capítulo 218), que en las zonas cálidas de costa se veían “muchachos en hábito de mujeres” (…) todos sométicos (…). Tenían eccesos carnales hijos con madres y hermanos con hermanas y tíos con sobrinas”, y a continuación explica: “se embudaban por el sieso (ano) con unos cañutos y se henchían los vientres con vino del que entre ellos se hacía”… (Uf). Y otra anécdota de tipo sexual; cuando Moctezuma estaba preso en sus palacios, con el tiempo la vigilancia se fue relajando; para dormir se le ponía un único guardia, pero en una ocasión el rey azteca pidió a Cortés que se lo cambiara, puesto que ese en concreto se pasaba la noche dándole “a sus naturas” y claro, le resultaba incómodo escuchar tanta actividad solitaria.

Lejos de América también se produjeron otras sorprendentes situaciones. Así, cuando en septiembre de 1526 uno de los barcos de la expedición de Jofre de Loaisa arribó a la isla de Guam (en las Marianas, al sur de Japón), vieron una flota de canoas llenas de nativos desnudos que se les acercaban rápidamente. Entonces, uno de ellos se puso de pie y, en perfecto castellano con acento gallego, dijo algo así como “Buenos días señor capitán y la buena compañía”. Los marineros debieron quedar boquiabiertos, asombrados, pasmados. Hasta que el hombre empezó a contar su odisea; se llamaba Gonzalo de Vigo y tripulaba la nave ‘Trinidad’ de la flota de Magallanes que, averiada cerca de Filipinas en 1521, pretendía volver a América, pero las tempestades y la falta de alimento les llevó a las Marianas; allí, el marinero gallego desertó junto con otros dos, los nativos mataron a los otros pero él se salvó y convivió con ellos cinco años. Como ya dominaba las lenguas de las islas, rápidamente le fue perdonado su delito y pasó a formar parte de la expedición.  

¡Cuántas anécdotas sorprendentes, cuántos sucesos increíbles podrían contar quienes protagonizaron aquellas fabulosas aventuras! 

CARLOS DEL RIEGO

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