miércoles, 10 de febrero de 2016

LA INDESEABLE GUERRA TRAE A VECES DESEABLES BENEFICIOS Hay pocas cosas más detestables que la guerra. A pesar de ello, ha habido numerosos casos en que las indeseables han obligado a las personas a encontrar soluciones que, de otro modo, buscarían con menos ahínco. Hasta de la guerra se han extraído beneficios

Aunque incondicionalmente indeseable, la guerra ha proporcionado avances en ciencia, medicina o tecnología (en la foto, Marie Curie al volante de una de las primeras ambulancias, equipada con Rayos X móviles)...
Una de los mayores éxitos de la Motown fue ‘War, what is good for? (Absolutely nothing)’, publicada en 1969. Se trata de una canción protesta cuyo título expresa su intención: ‘Guerra, ¿para qué es buena? (absolutamente para nada)’. Sin embargo, aunque no lo parezca, aunque su objetivo no sea ese, aunque moleste y haga llevarse las manos a la cabeza a los más correctos políticamente, la Historia señala un gran número de avances y descubrimientos esenciales (a veces inesperados) que llegaron gracias a los conflictos armados, sobre todo los del siglo pasado. Es decir, aunque indeseable y sin propósitos benignos, la guerra ha producido (en espacios de tiempo cortos) significativos beneficios al conjunto de la Humanidad. Es preciso insistir: no es que las guerras tengan algo deseable, nadie se atrevería a afirmar tal especie, sin embargo, ya que se han producido, tonto sería no aprovecharse del esfuerzo de la mente humana que, en casos extremos, es capaz de encontrar soluciones que no buscaría en caso de no tener tanta necesidad. En pocas palabras, el hecho de que hasta de las guerras pueda extraerse beneficio no las convierte en beneficiosas, pero por otro lado, aunque sería mejor avanzar sin esas catástrofes, ¿debe renunciarse a las conquistas que aportan por haber surgido de situaciones tan sangrientas?

No hay que olvidar que la necesidad estimula y obliga al ingenio a busca soluciones y remedios. Y como quiera que la exigencia es máxima cuando se sufre un estado de guerra, parece casi lógico que sea en medio del conflicto armado cuando hay más mentes pensando y trabajando para hallar nuevas soluciones. Hubo enfrentamientos bélicos en la Antigüedad  que trajeron importantes avances en materias como la metalurgia, ingeniería o construcción. A finales del siglo XV y principios del XVI, personajes como Ludovico Sforza o César Borgia contaban y escribían que habían tenido a su servicio a un hombre que, además de artista, encontraba soluciones para todo cuando estaban en campaña: construcción de fortalezas, obras de ingeniería o artilugios de gran ingenio; el tal era Leonardo da Vinci.

Centrando ya la visión en el siglo XX, la sucesión casi continua de guerras incrementó el progreso en muy diversas ciencias. Un buen ejemplo es la Primera Guerra Mundial; durante su transcurso se estudió científicamente el origen de las enfermedades infecciosas y los modos de combatirla, y se empezó a tener en cuenta la higiene; se dieron enormes pasos en la práctica quirúrgica y ortopédica, se aceleraron e incrementaron las investigaciones médicas y farmacéuticas e incluso se empezaron a afrontar los problemas sicológicos con una visión moderna; asimismo, cosas tan corrientes hoy como las transfusiones o las ambulancias empiezan a utilizarse durante la que se llamó Gran Guerra. Puede afirmarse, en fin, que durante este terrible conflicto se dio inicio a la medicina científica. Y algo parecido sucedió en otros campos: la navegación aérea y marítima mejoró notabilísimamente, la fotografía dio pasos gigantescos, las telecomunicaciones experimentaron un enorme desarrollo… Se produjeron millones de muertos, incontables calamidades, desgracias y atrocidades escalofriantes, pero la realidad señala que la sociedad  aprovechó todas las mejoras que la necesidad obligó a idear en aquella situación límite.     

Algo parecido sucedió en la II Guerra Mundial. Por citar sólo lo más llamativo: aparece y comienza a desarrollarse la tecnología de motores a reacción, turborreactores y cohetes; el hoy imprescindible radar surge ante la urgencia de detectar aviones enemigos; se produjo un impulso enorme en campos como la automoción, la emisión radiofónica o la grabación de sonido, e incluso se ideó lo que puede ser considerado el primer ordenador, pues era preciso dar con una máquina capaz de descifrar los mensajes del enemigo… Y muchos otros campos experimentaron importantes desarrollos, lo cual sirve de contrapeso a las infinitas infamias, vilezas e imperdonables crímenes contra la Humanidad que se llevaron a cabo (dicho sea de paso, los experimentos con seres humanos no sólo son imperdonables, injustificables, criminales y acientíficos, sino que no aportaron absolutamente nada).

Tampoco se puede olvidar que eso que hoy resulta imprescindible para la gran mayoría de individuos, colectivos y sociedades, Internet, se origina (entre otras cosas) por la necesidad de tener conectados los ordenadores de diversas bases militares estadounidenses.

Incluso nada menos que los Juegos Olímpicos tienen su germen en la guerra. Cuenta la Historia que el niño de siete años Pierre de Fredy, Barón de Coubertin, se quedó aterrado ante la visión de los soldados franceses que regresaban, derrotados, de la batalla de Sedán (Guerra Franco-prusiana de 1870): había raquitismo y desnutrición, todos parecían debiluchos, sin vigor físico, y su aspecto era el de jóvenes enfermizos y derrengados; desde entonces, su empeño vital fue dar a la juventud un instrumento para mantenerla sana y fuerte: la competición deportiva. Con el correr del tiempo se convirtió en un firme defensor del deporte, siempre con la intención de que el ejercicio físico formara parte de la educación de todos los muchachos; además, pronto dedujo que la competición podría acercar países y culturas. Por todo ello, cuando tuvo oportunidad de hablar ante políticos y poderosos, esgrimió su recuerdo de aquellos vencidos soldados franceses, un argumento que consiguió interesar a todos los que podían ayudarlo a materializar su idea de restaurar los Juegos Olímpicos. La visión del estado físico de los soldados iluminó, sin duda, al barón.

En fin, la guerra es una catástrofe, una carnicería de personas, esta es una verdad evidente…, pero también es totalmente cierto que de ella han resultado numerosos beneficios de los que todo el mundo se aprovecha. Contradicción, paradoja. 

CARLOS DEL RIEGO