domingo, 8 de noviembre de 2015

MEMORABLES SOLOS DE SAXO: CARÁCTER PARA EL ROCK & ROLL Dos siglos (largos) han pasado desde el nacimiento del inventor del saxo, que murió sin atisbar lo que iba a ser su invento: no hay género musical que no cuente con el vibrante y noble sonido del saxofón, incluyendo el rock, que ofrece solos de saxo antológicos.

El saxo es brisa o huracán dorado para cualquier partitura.
Adolfo Sax, belga él, inventó hace algo más de dos centurias un instrumento de viento a partir de los existentes (flautas, clarinetes). El caso es que con el paso de los años su idea pasó a integrar la panoplia instrumental de todo tipo de géneros musicales. Y llegado el momento, desde el primer instante, el rock & roll supo aprovechar la capacidad comunicativa del retorcido artefacto dorado…, como antes habían llegado a la misma conclusión  el jazz o el blues. Y es que, sin duda, se trata de un instrumento tan versátil que puede enlucir y dar lustre a cualquier ambiente; o sea, vale para todo: ya sea para proporcionar el aire festivo al circo o para acelerar los corazones en una inquietante escena de una peli de terror, para elevar el termómetro de la atmósfera tórrida de una secuencia subida de tono o para sugerir serenidad total. Sí, el saxófono (el vocablo más español) puede sonar fuerte o dulce casi a la vez, y cuando uno se imagina el jazz, el soul, el blues, aparece la figura de un saxofonista negro. Por ello, instrumento tan vibrante y con tanto potencial expresivo no podía quedar fuera del escenario del rock & roll, género al que proporciona personalidad, carácter.

¿Canciones con saxo?, innumerables. ¡Cómo no recordar el maravilloso tono del ‘Take five’ de Paul Desmond para el grupo de Dave Brubeck!; sí, es jazz, pero no hay oído que se le resista. ¿Y la explosiva y deslumbrante docena de notas que componen la melodía ‘Baker street’ de Gerry Raferty?, ese impetuoso son sólo precisa una escucha para convertirse en un símbolo ‘saxual’.

Ya dentro del universo del rock no se puede olvidar al grupo estadounidense Morphine, que sólo tenía sección de ritmo y saxo. Sin embargo, a pesar de que el rock no precisa ese metal para ser lo que es, no cabe duda de que numerosísimas piezas adscritas a este estilo han elevado su intensidad, su poder de sugestión, su grado de apasionamiento, cuando el viento se libera por esa redonda y áurea boca siempre abierta.      

Aquí va un pequeño recorrido por unos pocos títulos enriquecidos con saxos. Alegría y vitalidad, diversión, irrefrenable felicidad juvenil es lo que contagia el vertiginoso ‘One step beyond’ de los siempre estimulantes Madness; aquí el saxo lleva la voz cantante, es el solista…, y su voz pone a todo el mundo en marcha, inevitablemente. Por el contrario, el ‘Us & them’ de Pink Floyd propone un ritmo calmo en el que el instrumento acompaña y acaricia la melodía, sutilmente, elegantemente; incluso cuando la intensidad vocal aumenta, el aparato no abandona el tono ligero y delicado. Los Rolling Stones (a diferencia de The Beatles, que recurrieron muy poco al saxofón) le otorgaron mucha presencia en sus canciones; así se pueden recordar las dos virtuosas intervenciones que hizo el gran Sonny Rollins en su ‘Waiting for a friend’, al que aporta un toque de clase delicioso. Supertramp, que tenía saxofonista en nómina, le da mucho primer plano; en su ‘Logical song’ hay una entrada ‘saxofónica’ rabiosa y desabrida que transmite gran excitación, sin embargo, segundos después se vuelve suave para arrullar la melodía. Incluso los casi olvidados King Crimson ya tiraron de saxo en los últimos sesenta del siglo XX: en su iniciático ‘21st Century schizoid man’ pintan con tonos sorprendentemente jazzísticos una pieza rasposa y salvajemente sicodélica (en su álbum ‘Islands’ también muestran usos increíbles para este chisme). Del torbellino de la ‘new wave’ estadounidense sobresale la dulzura infinita del apasionante solo que incluye el precioso ‘Total control’ de The Motels, que dibuja una melodía bellísima, un toque primoroso que parece flotar en el éter.

Pero para solo emblemático ahí está la fina pincelada que se escucha al final de la no menos simbólica ‘Walk on the wild side’ del ya desaparecido Lou Reed. Como todo seguidor del rock sabe, el tema invita a adentrarse por el camino más animal, más salvajemente sexual, sin embargo, cuando el saxo avanza al primer plano, da la impresión de que desaparece toda tensión. Sobre todo cuando suena la versión de estudio (producida por Bowie, quien, dicen, aprendió a tocar el saxofón con Ronnie Ross, el que se encarga de soplar en esta canción), todo el mundo está esperando la voz del saxo: es una de esas canciones que nadie se atreve a quitar hasta que esa brisa de oro deja de suspirar. 

¡Y quién puede resistirse al poder que transmite el gigantesco Clarence Clemons cuando Sprignsteen le daba paso! (cosa que era muy habitual). Entre los muchos solos con los que engalanó las composiciones de Bruce, sobresale el estremecedor que regala en ‘Jungleland’. Tarda en aparecer (hay que esperar casi hasta el minuto cuatro), y lo hace con una nota sostenida con la que parece pedir la palabra (sobre todo en el original del Lp ‘Born to run’); los bramidos ponen los pelos de punta, hasta el punto de que el propio Jefe se vuelve espectador entusiasmado ante el vehemente despliegue de emociones que era capaz de revelar este tipo tan grande…, de cuerpo y de talento. Cuando Clarence daba un paso adelante todo el mundo sabía que iba a pasar algo excitante.

Su inventor nació hace más de doscientos años y presentó en sociedad su aparatoso ingenio hacia 1846. Hoy es un imprescindible en formaciones musicales de todo pelaje e intención, tal es su aptitud para irradiar emociones y sentimientos. Bien puede defenderse la idea de que el saxo es algo así como la materialización del ‘feeling’.
“No toques el saxo. Deja que él te toque a ti”, dicen que dijo aquel monstruo de la música llamado Charlie Parker.   


CARLOS DEL RIEGO