viernes, 4 de octubre de 2013

BOMBA EN UNA IGLESIA: LA ESTUPIDEZ DEL TERRORISTA ANTISISTEMA Unos protoseres carentes de cerebro han puesto un explosivo en la Basílica del Pilar de Zaragoza; seguro que pensaron “yo pienso así, y como yo tengo la verdad única puedo hacer lo que quiera en función de esa verdad, pues eso me legitima para lo que sea”

Los grupos antisistema se creen legitimados para hacer lo que quieran...,
igual que los fascistas.
Individuos cortos de entendederas no han tenido otra ocurrencia que poner un artefacto explosivo en la Basílica del Pilar, en Zaragoza, siendo ya cuatro los atentados con bomba destinados a iglesias o personas relacionadas con la religión católica. Los autores de tan imaginativa y valiente iniciativa se califican a sí mismos como grupo antisistema o antirreligión, de forma que adoptando tal denominación ya se sienten legitimados para atentar, es decir, su proceso mental fácilmente sería: “como soy de izquierdas, anarquista radical y contrario a la religión, como lucho contra el sistema político y capitalista, puedo utilizar la violencia, puedo destrozar e incluso dañar o matar a quienes me parezca”. Claro que si alguien les pagara con la misma moneda, si alguien pusiera explosivos en sus lugares de reunión o residencia, si alguien atentara contra ellos en su garito favorito, pondrían el grito en el cielo, se harían bocas llenas de “fascistas retrógrados, fachas reaccionarios”. Es decir, como ellos se sienten posesores de la única y absoluta verdad, se ven superiores moralmente y por tanto autorizados para hacer prácticamente lo que les parezca, sin embargo, utilizando ese mismo proceso mental (que no razonamiento), no admiten que alguien pueda pensar idénticamente pero en sentido contrario, por ejemplo si un grupo ultraderechista les agrede físicamente.

En realidad no se dan cuenta, pero esos modos de pensamiento están en la esencia del fascismo: “tengo toda la razón de mi parte, por lo que puedo hacer lo que sea para defender mi idea”; es el procedimiento que lleva a cabo el desneuronado cerebro del fanático, es el lugar en el que coinciden los totalitarismos, ya sean capitalistas o comunistas. Creen que es suficiente pensar de un modo determinado para poder pasar por encima de las leyes y los derechos: “mi pensamiento, mi idea es la única acertada, así que tengo derecho a quebrantar las reglas; y además, los que piensan distinto a mí viven en la mentira, en el error, en la corrupción, y por tanto no tienen derecho a utilizar los métodos que yo utilizo”. Y es que sólo hay que creer fanáticamente para sentirse superior. Lo más sorprendente es que todos estos grupúsculos se dicen antifascistas, pero utilizan los mismos medios, maneras y ‘razonamientos’ que los fascistas.

Así piensan también, por ejemplo, los asesinos etarras y sus simpatizantes, tan cercanos al nazismo y tan lejanos a la inteligencia y la racionalidad. Baste un curioso hecho para explicar la ausencia de toda razón en este ambiente: hace años un terrorista etarra preparaba una bomba con la mala suerte (para él, buena para sus posibles víctimas) de que le explotó en las manos matándolo en el acto; sus correligionarios montaron en cólera e indignados salieron en manifestación llamando asesinos a aquellos a quienes estaba destinada la bomba, acusándoles de haber dado muerte al “valiente patriota”. ¿Cuál será la avería de un cerebro para un funcionamiento tan deficiente? 

Curiosamente, si el mismo atentado del Pilar se hubiera perpetrado en una mezquita inmediatamente se hubiera pensado en organizaciones de extrema derecha como autores, puesto que cuando se significan “antirreligión” sólo están pensado en catolicismo; de todos modos no hay cuidado por ese lado, ya que estos individuos jamás correrían el riesgo de mostrarse violentos con quienes pudieran devolver el golpe…

Una cosa está más que clara, primero hay que ser un perfecto imbécil para posteriormente especializarse en un tipo concreto de imbecilidad, lo cual exige toda una carrera de adoctrinamiento fanático hasta llegar al convencimiento de que una idea (“mi idea”) es el absoluto y todo puede ser sacrificado a ella.  


CARLOS DEL RIEGO