miércoles, 29 de mayo de 2019

AUTÉNTICOS TRAIDORES Y OTROS QUE SÓLO LO PARECEN



Según la leyenda, el noble leonés Vellido Dolfos defendía Zamora del asedio de Sancho II de Castilla en 1072. Salió de la ciudad, engañó al rey y lo mató, y salvó la ciudad. Fue un héroe, no un traidor.
Probablemente la traición acompaña al hombre desde el más remoto Paleolítico, puesto que las envidias y rencores (por poder, procreación, territorio, comida) debieron desarrollarse a la vez que la inteligencia. A lo largo de la Historia hay infinidad de personajes reconocidos como verdaderos traidores, y también otros que no lo fueron aunque a alguien se lo parezca

La Historia se ha encargado de señalar a algunos grandes traidores que, sin la menor duda, son una muestra minúscula de todos los que alguna vez defraudaron la confianza que alguien depositó en ellos. Así, desde Caín, la lista se puede hacer interminable, ya sean traidores legendarios, literarios o históricos. Por otro lado, una buena historia necesita la figura del traidor, el malo, el que despierta antipatía, de hecho, muchas narraciones que no tendrían interés sin ese personaje. Por eso, algunos de los grandes maestros de la traición tienen su nombre asociado al de traidor. Asimismo, parte de la Historiografía ha colocado en este infame capítulo a personajes que, vistos con perspectiva y sin prejuicio, no pueden ser considerados traidores.

Si se entra en el universo de la política es imposible no toparse continuamente con una legión de auténticos especialistas en la defección, maestros en el campo de la deslealtad, campeones de la infidelidad y la deserción. Baste el ejemplo del francés Pierre Laval, que entró en política como socialista, pero se entregó a los nazis en cuanto ocuparon Francia convirtiéndose en eficaz colaboracionista. Y no se conformó: en un ejercicio de traición a su país, entregó judíos franceses a las SS, envió miles de compatriotas al trabajo forzoso a Alemania, puso la industria francesa al servicio de los invasores nazis… Al final de la guerra se refugió en España, pero Franco detestaba a los que traicionan a su patria, así que tres meses después lo devolvió a Francia, donde fue juzgado, condenado y fusilado antes de acabar 1945.

En España, entre las historias de traidores siempre se ha contado la del ‘pastor lusitano’ Viriato. En el siglo II a.d.C. las legiones romanas no podían con él, así que sobornaron a algunos de sus hombres, que lo acuchillaron mientras dormía. Según autores antiguos, cuando los traidores fueron a cobrar la recompensa, los romanos les dijeron “Roma no paga traidores”; y según otros lo dicho fue “A los romanos no nos gusta que los soldados maten a sus generales”; en todo caso, no les pagaron y los apresaron. Lo más probable es que hicieran desaparecer a los traidores y se quedaran con el dinero.

La del asesinato de Julio César es una que todos conocen. Fue apuñalado por partidarios de su enemigo, Pompeyo, a los que César derrotó, perdonó y otorgó cargos. Pero lo significativo del asunto es el hecho de que los asesinos (Bruto, Casio, Trebonio, Casca…) estaban convencidos de que el pueblo y el ejército pensaban como ellos, creyeron que todos les iban a agradecer que acabaran con César y los aclamarían por ello; incluso creían que la libertad y la República exigían la muerte del general, político y escritor. Es una buena muestra de lo lejos que suelen estar los políticos de la realidad: se reúnen,  hablan y se dan unos a otros la razón, se convencen fanáticamente de que todo el mundo está deseando lo mismo que ellos y que, por tanto, su acción los convertirá en héroes del pueblo… Los hechos fueron muy distintos: los conspiradores huyeron, fueron perseguidos y finalmente se suicidaron o fueron ejecutados (al poco, sin César, el Imperio sustituyó a la República). Como siempre, los políticos ya vivían en su mundo, varios metros sobre el suelo. 

Los reyes visigodos de Hispania fueron también auténticos aventajados de la traición, y raro es el que no fue apuñadado por la espalda, mutilado o cegado. Pero de entre todos destaca Witerico, ‘el doble traidor’. Primero conspiró para asesinar a un poderoso obispo y a un aristócrata, pero poco antes del atentado pensó que si denunciaba a sus compañeros se ganaría el favor de clérigo y noble y, por tanto, del rey (Recaredo). Así lo hizo. Después, reinando ya Liuva II, le fue entregado un ejército para combatir a los bizantinos en la región levantina; sin embargo, a medio camino debió pensar: “tengo un ejército potente, ¿por qué ir contra esos extranjeros?, mejor me vuelvo contra el rey, lo liquido y yo seré rey”. Así lo hizo. Fue monarca de Hispania de 603 a 610, cuando fue invitado a un banquete tras el cual fue cosido a puñaladas (clásico visigodo). Su cuerpo fue arrastrado por la multitud por las calles de Toledo. Como gran traidor se tiene al conde don Julián, quien, descontento porque ansiaba más honores que los que el rey don Rodrigo le daba, no dudó en aliarse con los musulmanes a cambio de, claro está, dinero y honores.  

Sin embargo, aunque algunos historiadores y la creencia popular los tenga como traidores, hay personajes que de ningún modo pueden ser llamados así. Por ejemplo, no se puede decir que Claus von Stauffenberg, que encabezó el atentado contra Hitler de julio de 1944, fuera por ello un traidor, ya que el Führer sí que había traicionado al pueblo alemán, al ejército y, en fin, a toda la Humanidad. Igualmente Vellido Dolfos, el héroe leonés que mató al rey Sancho II en 1072; a éste no le había gustado el reparto de reinos que hizo su padre Fernando I de Castilla, así que en cuanto tuvo oportunidad asedió Zamora, que había correspondido a su hermana doña Urraca; dice la leyenda que Dolfos salió de la ciudad haciéndose pasar por desertor, se ganó la confianza de Sancho y al primer descuido… lanzada en la espalda; Sancho murió en el cerco a Zamora, sí, pero no está claro cómo. En todo caso, que un leonés salga de la Zamora asediada (Reino de León) y se meta en la boca del lobo para acabar con el jefe enemigo, ¿es traición o un hecho heroico?

En algunos lugares de América se considera sinónimo de traición a la india Malinche. Ésta, de etnia nahuatl, había sido vendida a los mexicas como esclava por su propia madre, que al casarse en segundas nupcias la vio como un estorbo; luego fue entregada a un cacique maya. En 1519, después de ser una esclava toda su vida, fue regalada a Hernán Cortés, quien no tardó en advertir la valía de esa muchacha (18 ó 20 años) que hablaba dos lenguas (nahuatl y maya) y que pronto aprendió castellano. En su ‘La verdadera Historia…’, Díaz del Castillo habla de ella con auténtica veneración. El caso es que Cortés la tuvo a su lado y, por primera vez en su vida, fue tratada como persona; el conquistador la escuchaba, la respetaba, seguía sus consejos e indicaciones…, y tuvo un hijo con ella, Martín Cortés, uno de los primeros mestizos y por quien el conquistador intercedió ante el Papa para que fuera reconocido como legítimo. Así, teniendo en cuenta que no existía México ni nada parecido a ‘conciencia de país’, ¿a quién debía fidelidad la Malinche?, ¿a los que la trataron como un animal o a quien la trató como persona y la mantuvo a su lado como ‘doña Marina’?  

CARLOS DEL RIEGO
(Actualizado del texto de febrero de 2016)

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