miércoles, 12 de julio de 2017

¿TE HAS PUESTO EN LA PIEL DE ORTEGA LARA O MIGUEL ÁNGEL BLANCO? El aniversario de la liberación de Ortega Lara y el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco está poniendo en evidencia la perversión moral de quienes no sólo no condenan aquellos crímenes, sino que insultan y amenazan a las víctimas

Imagínate pasar ahí (imagen desde fuera del zulo) año y medio sin saber si algún día saldrías

Hay situaciones en que la persona no puede situarse en el equilibrio, en la equidistancia, como por ejemplo en casos de terrorismo; así, si alguien se abstiene, si no se condenan sin peros las bombas y los tiros en la nuca, si se les busca justificación, si se opta por la postura tibia del sí pero no, es que se está cargando parte de la culpa sobre los muertos y, por tanto, ‘comprendiendo’ a quien apretó el gatillo o activó el detonador. Y peor aun es el caso de quienes, más allá de la razón, se ponen abiertamente, orgullosamente, de parte de los verdugos; gentes que han perdido esa facultad exclusiva del ser humano que es la empatía, esa posibilidad de imaginarse en la piel del que sufre y preguntarse ¿y si me hubieran hecho eso a mí? Son esos mismos elementos los que claman por las víctimas del franquismo y, a la vez, desprecian y se burlan de las víctimas de la bestia etarra; son las mismas personas que se declaran en contra de la pena de muerte pero apoyan las ejecuciones extrajudiciales…, sí, por más inexplicable y enigmático que sea, hay sujetos que por la mañana ponen el grito en el cielo cuando se ejecuta a un violador asesino confeso y por la tarde difunden mensajes en los que desprecian a los inocentes que yacen bajo tierra. Eso es vileza extrema.     

Los cómplices de los asesinos no iban a actuar de otro modo, pero descoloca un poco que personas que aceptan las reglas de la democracia y que incluso son colegas o correligionarios de muchas víctimas, se pongan de parte de los pistoleros y recurran a pretextos de majadero sectario para negar el mínimo reconocimiento a aquellos que perdieron la vida, o parte de ella, de mano del nazismo etarra. Los actos de reconocimiento, recuerdo y homenaje a aquellas dos víctimas han situado a cada uno en su bando… En todo caso, pasadas dos décadas de aquellos sucesos, estaría bien hacer un ejercicio de imaginación y situarse en la piel de Ortega Lara y Miguel Ángel Blanco.

Eres José Antonio Ortega Lara, funcionario de prisiones. Te secuestran y te meten en una especie de tumba de 3 por 2,5 por 1,8 metros. Y de allí no sales en 532 días, casi un año y medio. Imposible caminar más de dos pasos, no ves el día o la noche, no sabes de la familia y los amigos, que estarán sufriendo casi como tú; sólo ‘hablas’ con tus raptores, el ambiente es húmedo y apenas hay una bombilla, estás bajo tierra, no hay ventanas; te traen dos cubos diarios, uno para que hagas tus necesidades y otro para lavarte; estás casi siempre solo, sólo pensando y dando vueltas y más vueltas a la cabeza en el infecto cuchitril (si esto se hubiera hecho con un perro no habría persona en el mundo que se pusiera de parte del hombre y en contra del animal), y así horas y horas, tiempo y tiempo viviendo en la incertidumbre más destructiva y enloquecedora: ¿me pegarán dos tiros?, ¿me torturarán?, ¿me dejarán aquí hasta que muera y harán desaparecer mi cuerpo?, ¿puedo hacer algo?, ¿debería arriesgarme e intentar la fuga?, ¿cuánto sufrirán mis familiares y amigos por mi culpa?..., y así horas y horas, tiempo y más tiempo. Todo sin que puedas salir de esos angustiosos y opresivos 13,5 metros cúbicos, siempre, siempre encerrado en esa caja, claustrofobia, quieres correr, saltar; cada vez que despiertas y vuelves a la realidad te desesperas, pasan las horas y piensas otra vez lo mismo que ayer, repites todo porque no puedes hacer otra cosa, te atormentas, te consumes, se te retuercen las entrañas, te hablas y te repites, te vuelves loco; hasta que llega el día en que pierdes la esperanza y das por seguro que nunca saldrás del sepulcro, y empiezas a desear la muerte. Un día te liberan, has perdido más de 20 kilos de masa ósea y muscular, recuperas la libertad pero pronto te das cuenta de que no será tan fácil; pasa el tiempo y muchas veces, de algún modo, todavía sigues en aquella tumba, apenas puedes dormir si no es con potentes medicamentos, tienes estrés postraumático, cuadros de ansiedad  y depresión. Hoy, veinte años después, aun sueñas y te despiertas preguntándote si estás todavía bajo tierra. Pero hay algo aun peor: tienes que soportar insultos, menosprecios y amenazas de desalmados que jalean a los secuestradores. ¿Por qué?, ¿por qué hay gente que se pone del lado del criminal y políticos ambiguos?   

Eras Miguel Ángel Blanco. Llevas dos años de concejal de un partido que se atreve a contradecir a una banda mafiosa y fascista en un pequeño ayuntamiento vasco, tienes miedo pero eres lo suficientemente valiente como para controlarlo y cumplir tu obligación. Un día alegre en el que sólo pensabas en la libertad de Ortega notas un agarrón, un empujón y, antes de que puedas abrir la boca, te atan, te amordazan, te vendan los ojos y te meten en el maletero; casi desde el primer momento sabes que te han secuestrado y sabes quiénes; el coche para, te bajan, te meten en algún sitio; te dejan así durante unas horas, dos días, inmovilizado, desorientado, aterrorizado, sabiendo de qué va la cosa y lo que, casi seguro, te espera; luego, después de muchas horas de incertidumbre y terror, te agarran y te vuelven a meter en el maletero, un rato después te sacan, te obligan a arrodillarte y escuchas un clic metálico…

Los dos, seguro, supieron que eran víctimas de Eta en el acto, por lo que, seguro, desde el primer momento debieron ponerse en lo peor, y, también seguro, no se preguntaron por qué, ya que ambos sabían perfectamente que las bestias etarras sólo quieren matar, no necesitan motivo, escogen al que está más a mano y lo llevan al matadero.  

Veinte años después, incomprensiblemente, ciudadanos que han vivido siempre en libertad y con todos sus derechos garantizados vomitan odio contra quienes sufrieron violencia extrema en primera persona y contra sus familiares, y desean la muerte de semejantes sin más motivo que el odio, ese odio surgido del prejuicio ideológico, del desprecio absoluto a quienes consideran tan inferiores que sus vidas son prescindibles. Seguro que así funcionaban las mentes de Goebbels o Heydrich.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco fue, sin duda, el principio del fin de la banda asesina. Puede afirmarse que el valiente concejal, finalmente, los derrotó.

CARLOS DEL RIEGO