domingo, 24 de abril de 2016

PRINCE, EL DIFÍCIL ENCANTO DEL EXCESO Otra figura enorme del negocio del espectáculo, el autoproclamado El Artista, dejó definitivamente el escenario. Además de sus abundantes méritos puramente musicales, siempre será recordado como el maestro del exceso. Un exceso… fascinante

Prince siempre será recordado por su talento, su figura, sus peleas...,
 todo en exceso.
Con la apertura y con la proscripción de la censura en España (segunda mitad de los setenta del XX) el personal que sabía algo de eso del rock, y de la música joven en general, tuvo ocasión de toparse contra tipos chocantes y disparatados, especímenes singulares que, vistos y escuchados una vez, hacían marca indeleble en la memoria. Uno de esos era Prince, personaje único, difícil de definir, tanto que, al irrumpir en aquellos primeros ochenta, el españolito más enterado se quedaba sin palabras, abría ojos y oídos fascinado ante tanta sofisticación, como si estuviera ante un extraterrestre. Tan diferente, tan inesperada resultaban su figura y su música. Excesiva, sobre todo, para mentalidades hasta poco antes encerradas.

Sí, Prince fue un auténtico erudito del exceso, un investigador de la desmesura. Y lo fue en todos los terrenos. El más importante, el artístico, podía dejar boquiabierto al más experto conocedor de los entresijos, recursos y secretos de este negocio. Quienes lo descubrían quedaban perplejos: acostumbrados a distinguir al segundo compás si lo que sonaba era rock duro o funk, blues o pop ligero, alucinaban al escuchar un ritmo funk-disco adornado con un riff de guitarra heavy… Y lo más increíble: la cosa no sólo no chirriaba, sino que funcionaba a la perfección, enganchaba, seducía de un modo irremediable. Así, una vez descubierto, el interesado estaba atento, pues cada paso que daba esta especie de combinación entre Sly Stone y David Bowie era un pequeño acontecimiento. Pero si es difícil resultar original, fresco y atrevido una vez, mucho más es mantener la capacidad para sorprender disco tras disco, canción tras canción…, y sin caer nunca en la ordinariez. Prince, además, no detuvo nunca su carrera artística, jamás dejó de componer, grabar, actuar, ensayar, y por eso editó la excesiva cifra de cuarenta álbumes, más otros varios con grupos y formaciones diversas, más otros en directo, algunos para Internet, un par casi anónimos e incluso uno quedó inédito. Igualmente su talento para dominar cualquier instrumento era, también, exagerado; dicen que aprendió a tocar el piano él sólo con siete u ocho años y que llegó a tocar, con sorprendente destreza, unos treinta instrumentos, siendo un auténtico virtuoso en varios de ellos, sobre todo la guitarra y el piano. Y una cosa más, sus ‘show’ podían ser verdaderas fiestas rococó, pero sin perder jamás la esencia, la música; ¡y qué decir de los músicos que escogía para darle réplica! (mención para la colosal Sheila E). No cabe duda, en el plano musical y artístico, Prince fue, lo que se dice, un talento excesivo.

Siendo así, el artista puede permitirse ser coherente al ser, también, exorbitado en otros planos. En lo visual era un hacha, pues conseguía resultar inolvidable tras el primer golpe de vista; esos colores extremos, rabiosos y cambiantes, los tacones de aguja, las provocativas prendas femeninas, el maquillaje sobre finísimas barbitas y bigotitos, sus poses, ojitos y movimientos…, todo ello configura una estampa tan abundante que la identifican sin dificultad hasta los que no conocieron otra cosa que la copla. Eso sí, aunque su aspecto fuese ambiguo y amanerado, el tío era muy machote, como demuestran sus matrimonios y las despampanantes mujeres que, muy del brazo, siempre estuvieron a su lado.

Sus relaciones con las discográficas y con la industria fueron de verdadera guerra atómica. Así, el Artista peleó con el cuchillo entre los dientes contra el manejo que otros pudieran hacer de su trabajo; llegó hasta la luna para esquivar los tentáculos de las grandes multinacionales, e incluso no dudó en cometer la mayor herejía del negocio del espectáculo: cambiar de nombre artístico a menudo hasta, en la cima de la enormidad, hacerse representar por una especie de trazo jeroglífico sin significado. Sin duda, contra el poder establecido él luchó sobrado de arrojo y tesón. Y casi como excepción, en cierta ocasión pasó del exceso a la grosería, cuando denunció a una niña que usó uno de sus temas para bailar en un vídeo casero. Y es que si se vive al borde se corre el riesgo de caer hacia el  lado malo, aunque sólo sea una vez…, o dos, puesto que, finalmente, la vida extrema lo empujó antes de tiempo hacia el sitio equivocado y definitivo.

Toda esa desbordante exhibición en otro hubiera sido desacato. Pero en Prince era encanto. Y casi como para compensar, figura tan demasiada cabía en menos de 1,60 m. No necesitó más. Sin duda, nada puede compararse a él.


CARLOS DEL RIEGO