miércoles, 27 de enero de 2016

EL SARAMPIÓN POPULISTA Y LA NUEVA POLÍTICA El populismo consiste, básicamente, en proponer soluciones muy simples, y fáciles de entender, para terminar con todo problema por muy complejo que sea; sus protagonistas se presentan como estandartes de la ‘nueva política’, pero cuando toma el poder muestra los vicios de siempre.

El gran Ibáñez también reflejó, como homenaje a Goscinny, ese deseo incontenible.
El ascenso de los partidos populistas en España y algún otro país europeo es algo parecido al sarampión: hay que pasarlo para inmunizarse; una vez que el personal entienda de qué van y compruebe que una cosa es predicar y otra dar trigo, seguro que su protagonismo decae. Pero el caso es que resulta tan atractivo, tan irresistible para muchos que incluso personas más que acomodadas, profesionales cualificados con chalet en las afueras, Lexus todoterreno, Rolex, acciones y valores, propiedades y abultadas cuentas corrientes, se declaran votantes del partido que puede. El motivo principal de esta postura es el desengaño con la política y las organizaciones de siempre, casi siempre a causa de los chanchullos de dinero (vicio que suele afectar con más virulencia cuanto más tiempo se lleve en el cargo). Sin embargo, como dice un proverbio chino, es mejor seguir a uno que te da poco que a uno que te promete mucho.
Los líderes populistas, igual que el visir Iznogud, sólo tienen un propósito.
En España los partidos de este pelaje se han anunciado como abanderados de una nueva forma de hacer política. Pero cuando han tenido la oportunidad de pasar a los hechos, resulta que muestran maneras iguales, idénticos tics que esos a los que definen como casta. Así, quisieron presentarse al Congreso como si fueran cuatro grupos parlamentarios con el fin de ingresar más pasta (como hace todo hijo de vecino); igualmente, parece bastante claro que tanto Venezuela como Irán (países hostiles a lo occidental en general y a España en particular) los financiaron con cantidades generosas que, previamente, peregrinaron por todo el mundo de paraíso fiscal en paraíso fiscal;  aceptaron el privilegio de viajar en el avión particular de Maduro junto a proetarras y separatistas (que no son lo que se dice amigos del país) para pasar unos días con él y reafirmar la ‘adhesión inquebrantable’; y no será necesario recordar los 400 mil del ala que uno de ellos cobró por un ‘trabajo’ (que nadie ha visto) por el que a un Premio Nobel de Economía le pagaron 35 mil. Y eso que acaban de llegar, lo que indica que si tienen ocasión de tomar poder durante varias legislaturas…

Igualmente hay que recordar que, tras señalar las culpas y debilidades de los partidos más añejos y tacharlos de hacer política caduca, tras acusarlos de practicar tiranía de bipartidismo… copian palabra por palabra, gesto por gesto, todas aquellas conductas. Iglesias Turrión prometió, en todas las voces gramaticales, que jamás pactaría ni llegaría a ningún acuerdo con ninguno de esos partidos; y así afirmó tajante: “No sería vicepresidente de un gobierno que no presidiéramos” (julio 2015), o “no vamos a entrar en ningún gobierno del Psoe” (poco antes de las elecciones del 20 de noviembre). Pero cuando ha comprobado que puede hacerse con unas cuantas sillas ministeriales, de lo dicho no hay nada. Baste recordar el mercadeo de cargos que proponen: “me das una vicepresidencia (esta “pa mí”), cuatro ministerios y media docena de subsecretarías y yo te hago presi”. O sea, hace uso de eso tan característico del viejo político que es decir una cosa hoy y mañana su contraria como lo más natural del mundo. Además, con estas maniobras dejan claro que tendrían al presidente cogido por sus partes, pues en caso de necesidad tirarían de eso tan típico de la vieja política: “o me das esto y cedes en aquello o te retiro el apoyo y te echo de la poltrona”.

Es más que evidente: las mismas armas, idénticas triquiñuelas, iguales procedimientos que la política de siempre: la nueva política es calcada a la vieja. La única diferencia es el modo de llegar al poder, los de siempre con las soluciones y propuestas más tradicionales, los recién llegados con remedios tan simplones como ineficaces y, en muchos casos, absolutamente imposibles. Para demostrar esto último basta con mirar a Grecia, gobernada hoy por correligionarios populistas. Los Tsipras y Varoufakis prometieron que no pagarían la deuda pública, aseguraron que plantarían cara a Bruselas y a Alemania, dijeron que iban a remover los cimientos de las instituciones internacionales y, en fin, que iban a traer poco menos que la felicidad general; sin embargo, unos meses después, los griegos han sufrido un corralito (oficinas bancarias cerradas, bloqueo de cuentas y depósitos, límites en los cajeros), los mayores recortes de su historia (sobre todo en pensiones, educación y política social) y una subida de impuestos desmesurada, a veces de hasta el 30% (los campesinos griegos protestan porque pagan prácticamente lo mismo que ingresan).

Del mismo modo, los que apostaron por los adalides de la nueva política negarán cualquier evidencia que implique a sus ídolos (o sea “sostenella y no enmendalla”), como que hayan recibido dinero oscuro o como que a las primeras de cambio empiecen a cojear del mismo pie que esos a los que quieren echar para ponerse ellos (dirán “montajes y mentiras de la casta”); y esto es así porque hay muchas personas de pensamiento simplista que están persuadidas de que los recién llegados son la pureza personificada, mientras que ‘los otros’ tienen cuernos y rabo, y por ello, se negarán a creer cualquier maniobra reprochable de sus líderes aunque se trate de una certeza matemática.

Verdaderamente hay que ser ingenuo y simple para creerse que los políticos (las personas) son demonios o ángeles en función del partido al que pertenecen, cosa que está muy lejos de la realidad; hay honrados y trincones en todas partes, y nada hay que se parezca más a un político como otro político, independientemente de lo que diga y de cuál sea su filiación. Esto es un poco como el fútbol: por un lado, los futbolistas practicarán las mismas trampas y artimañas en cuanto tengan oportunidad, y por otro, no hay sistema perfecto, sino que es bueno o mano en función de los futbolistas.

Resumiendo, quieren ser califa en lugar del califa, como el perverso gran visir Iznogud, personaje creado por el genial René Goscinny (sí, el que creó Astérix con Uderzo). En fin, los populistas recién llegados quieren lo mismo que todo el que entra en ese sucio, traidor, mentiroso, corrupto y, a pesar de todo, necesario mundo de la política. Ojalá sea el populismo como el sarampión, que se pasa una vez y se olvida para siempre.


CARLOS DEL RIEGO

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