Imagen del Tzompatli hallado en ciudad de México (con miles de restos de cráneos) donde queda patente la costumbre de sacrificar personas de los aztecas con la que acabó Cortés
Casi desde el momento en que las tres
carabelas llegaron a América, en Europa hubo quien pensó que aquello era el
paraíso terrenal y, por tanto, allí no podría haber más que bondad, solidaridad,
tolerancia, virtud y, en fin, ausencia total de violencia. Muchos quisieron
creer eso por ignorancia y por maldad. Luego, la realidad, lo que contaron los
cronistas y documentó la arqueología, evidenciaron que de aquella bondad nada
de nada.
En definitiva, por más que muchos
dijeran, escribieran y quisieran creer otra cosa y negar la evidencia, allí
había tanta o más violencia que en el Viejo Mundo, que no existían derechos
(algo lógico, pues al no existir la escritura no había forma de promulgar
leyes, derechos y obligaciones), que el machismo era absoluto, que la
esclavitud era hecho corriente y aceptado y que existían prácticas tan
‘maravillosas’ (así definieron algunos las culturas precolombinas) como los
sacrificios humanos y el canibalismo.
Autores tan elogiados como el filósofo
y ‘moralista’ francés Michel de Montaigne (1533-1592) se atrevió a afirmar
(incomprensiblemente) que los nativos americanos eran “seres nobles e incapaces
de toda malicia”, que vivían en aquel “paraíso terrenal en el que no existían
la envidia ni la avaricia”; y todo ello sin haber estado jamás en América ni
haber visto nunca a ninguno de esos a los que tanto elogió (¿por qué afirmaría
tal cosa sin saber?). Algo parecido pensaba sobre los nativos americanos el
pervertido Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), quien arrancó a sus cinco hijos
recién nacidos de las manos de la madre para llevarlos directamente al
orfanato, donde casi nadie llegaba a la edad adulta y quien llegaba sería un
mendigo hasta la muerte; pero así y todo dijo que “hubiera sido un buen padre”
o “no conozco a nadie mejor que yo”; este detestable personaje escribió que los
europeos ya habían sido corrompidos por la ambición, el dinero y el poder, y
demonizaba la propiedad privada (salvo la suya, claro) y la empresa, y que por
ello los salvajes eran seres inocentes ajenos a la maldad. En contra de tal
visión de los nativos americanos estaba Charles Dickens (1812-1870), quien
escribió un ensayo titulado ‘El buen salvaje’ (1853), donde critica con dureza
y sarcasmo la idea de que el salvaje es bueno por ser salvaje; bien informado,
comprobó que en la América precolombina no había nada de inocente. Igualmente,
la historiadora estadounidense Christina Snyder (1947) ha probado que la
esclavitud era práctica general en toda América antes de 1492.
La presidente de México (Claudia
Sheinbaum) sigue insistiendo en que los españoles cometieron genocidio en
México a pesar de que ella sabe que México no existía, a pesar de que ella sabe
que los aztecas fueron a su vez conquistadores (y no con diplomacia y regalos,
sino a sangre y fuego), a pesar de que sabe que con poco más de 600 hombres
Cortés no podía derrotar de ningún modo a un ejército de setenta u ochenta mil
soldados bien pertrechados, entrenados y conocedores del terreno; a pesar de
que ella sabe de las atrocidades de los aztecas: guerra, sacrificios humanos,
canibalismo, esclavitud (incluyendo la esclavitud sexual); a pesar de que ella
sabe que todos los pueblos sometidos por los aztecas (tlascaltecas, chichimecas,
totonacas, tarascos…) se aliaron con Cortés en contra de los tiranos; a pesar
de que ella sabe que la violencia era lo corriente en aquellas tierras; a pesar
de que ella sabe que los españoles llevaron allí conceptos como derechos,
leyes, justicia…, además de la escritura, los metales o la rueda. Sí, ella sabe
todo eso, pero sigue insistiendo en lo otro, o sea, miente a sabiendas (como
todo político) porque la mentira le sirve para tapar lo que es hoy el país que
preside (un estado regido por el narcotráfico, la corrupción y la violencia) y,
por supuesto, miente para echar la culpa de todas las calamidades actuales de
México a lo ocurrido hace medio milenio. Pero lo más increíble es que hay quien
opta por creerse todos esos embustes y manipulaciones a pesar de las
evidencias, de las crónicas, de la arqueología.
Como es sabido, hace unos diez o doce
años se descubrió el llamado Huey Tzompantli, una estructura religiosa situada
en ciudad de México y cuya construcción se compone de unos 650 cráneos enteros y
fragmentos de otros diez o doce mil (muchos de ellos de niños). De todo esto ya
escribieron cronistas como Andrés de Tapia o Bernal Díaz del Castillo, quienes
iban con Cortés, lo vieron y lo contaron. Ella lo sabe, pero no lo menciona
jamás porque no concuerda con su relato de indio bueno, español malo.
Del mismo modo, la arqueología
confirma todas las atrocidades escritas por los cronistas: los restos de
costillas cortadas para extraer el corazón, los cráneos infantiles reventados a
palos, los sacrificios por incineración, las evidencias de los cortes en los
huesos largos para ser devorada la
carne, los cráneos con huellas indiscutibles de decapitación…
También está acreditado que en el sur
del continente eran habituales prácticas como la poligamia en la que las
mujeres eran propiedad del marido, esclavas que valían menos que cualquier
propiedad; que el incesto era cosa común (cuentan los cronistas que el hombre
podía golpear y violar a sus hijas porque eran de su propiedad); que en muchas
regiones los padres entregaban a sus hijos para que fueran sacrificados o para
pagar los impuestos que exigían los pueblos dominantes; que el canibalismo era
costumbre muy arraigada, tanto que en algunas zonas al descuartizar a la
víctima las madres se untaban de sangre los pezones para que el lactante
probara el sabor y participara…
Todas estas miserables, arcaicas y
detestables prácticas fueron prohibidas, condenadas y, finalmente, erradicadas
por los españoles.
Han pasado los siglos y, a pesar de
todo lo que se sabe, de todo lo probado, aun hay quien, a sabiendas, sigue insistiendo
en la mentira y la falsedad histórica. ¿Por qué?, porque hay que buscar
enemigos, porque hay que esconder la culpa propia, porque interesa sembrar
cizaña y enfrentamiento entre los buenos (nosotros) y los malos (los demás). Lo
peor es que aun hay quien quiere creer la mentira. Y la proclama a gritos
aunque sepa la verdad.
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